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dejado de pertenecernos y que ya no nos quedaba otro recurso que
ser como el coro de la tragedia griega, presente y visible, pero
alejado irremisiblemente de los dioses.
Desdeñados, despechados, nos reuníamos después de los juegos en
una esquina, donde fumábamos nuestros primeros cigarrillos, nos
acariciábamos con arrogancia el bozo incipiente y comentábamos lo
irremediable. A veces entrábamos a la pulpería del chino Manuel y
nos tomábamos una cerveza. Roberto nos seguía como una sombra,
desde el umbral nos escrutaba con su mirada, sin perder nada de
nuestro parloteo, le decíamos a veces hola zambo, tómate un trago y
él siempre no, gracias, será para otra ocasión, pero a pesar de estar
lejos y de sonreír sabíamos que compartía a su manera nuestro
abandono.
Y fue Chalo Sander, naturalmente, quien llevó a Queca a la fiesta de
promoción cuando terminó el colegio. Desde temprano nos dimos
cita en la pulpería, bebimos un poco más de la cuenta, urdimos
planes insensatos, se habló de un rapto, de un cargamontón. Pero
todo se fue en palabras. A las ocho de la noche estábamos frente al
ranchito de los geranios, resignados a ser testigos de nuestra
destitución. Chalo llegó en el carro de su papá, con un elegante
smoking blanco y salió al poco rato acompañado de una Queca de
vestido largo y peinado alto, en la que apenas reconocimos a la
compañera de nuestros juegos. Queca ni nos miró, sonreía apretando
en sus manos una carterita de raso. Visión fugaz, la última, pues ya
nada sería como antes, moría en ese momento toda ilusión y, por ello
mismo, no olvidaríamos nunca esa imagen que clausuró para siempre
una etapa de nuestra juventud.
Casi todos desertaron la plaza, unos porque preparaban el ingreso a la
universidad, otros porque se fueron a otros barrios en busca de una
imposible réplica de Queca. Sólo Roberto, que ya trabajaba como
repartidor de una pastelería, recalaba al anochecer en la plaza, donde
otros niños y niñas cogían el relevo de la pandilla anterior y repetían
nuestros juegos con el candor de quien cree haberlos inventado. En
su banca solitaria registraba distraídamente el trajín, pero de reojo,
seguía mirando hacia la casa de Queca. Así pudo comprobar antes
que nadie que Chalo había sido sólo un episodio en la vida de Queca,
una especie de ensayo general que la preparó para la llegada del
original, del cual Chalo había sido la copia: Billy Mulligan, hijo de
un funcionario del consulado de Estados Unidos.
Billy era pecoso, pelirrojo, usaba camisas floreadas, tenía los pies
enormes, reía con estridencia, el sol en lugar de dorarlo lo
despellejaba, pero venía a ver a Queca en su carro y no en el de su