Alienación by Julio Ramón Ribeyro explores the internalized classism of Lima's society through the experiences of young Peruvians in the 1980s. The narrative focuses on the protagonist's desire to assimilate into American culture while rejecting his Peruvian identity. Ribeyro's poignant storytelling captures the struggles of identity and belonging, making it a significant work for readers interested in Latin American literature and cultural studies. This short story serves as a reflection on societal values and personal aspirations, resonating with those examining themes of class and identity.

Key Points

  • Explores themes of classism and identity in 1980s Lima.
  • Follows the protagonist's struggle to assimilate into American culture.
  • Highlights the rejection of Peruvian identity among youth.
  • Offers a critical perspective on societal values and aspirations.
gabi chaflo
11 pages
Language:Spanish
Type:Book
gabi chaflo
11 pages
Language:Spanish
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Julio Ramón Ribeyro
Alienación
(Cuento edificante seguido de breve colofón)
A pesar de ser zambo y de llamarse López, quería parecerse cada vez
menos a un zaguero de Alianza Lima y cada vez más a un rubio de
Filadelfia. La vida se encargó de enseñarle que si quería triunfar en
una ciudad colonial más valía saltar las etapas intermedias y ser antes
que un blanquito de acá, un gringo de allá. Toda su tarea en los años
que lo conoconsistió en deslopizarse y deszambarse lo más pronto
posible y en americanizarse antes de que le cayera el huaico y lo
convirtiera para siempre, digamos, en un portero de banco o en un
chofer de colectivo. Tuvo que empezar por matar al peruano que
había en él y por coger algo de cada gringo que conoció.
Con el botín se compuso una nueva persona, un ser hecho de retazos,
que no era ni zambo ni gringo, el resultado de un cruce contranatura,
algo que su vehemencia hizo derivar, para su desgracia, de sueño
rosado a pesadilla infernal.
Pero no anticipemos. Precisemos que se llamaba Roberto, que años
después se le conocpor Boby, pero que en los últimos documentos
oficiales figura con el nombre de Bob. En su ascensión vertiginosa
hacia la nada fue perdiendo en cada etapa una sílaba de su nombre.
Todo empezó la tarde en que un grupo de blanquiñosos jugábamos
con una pelota en la plaza Bolognesi. Era la época de las vacaciones
escolares y los muchachos que vivíamos en los chalets vecinos,
hombres y mujeres, nos reuníamos allí para hacer algo con esas
interminables tardes de verano. Roberto iba también a la plaza, a
pesar de estudiar en un colegio fiscal y de no vivir en chalet sino en
el último callejón que quedaba en el barrio. Iba a ver jugar a las
muchachas y a ser saludado por algún blanquito que lo había visto
crecer en esas calles y sabía que era hijo de la lavandera.
Pero, en realidad, como todos nosotros, iba para ver a Queca. Todos
estábamos enamorados de Queca, que ya llevaba dos años siendo
elegida reina en las representaciones de fin de curso. Queca no
estudiaba con las monjas alemanas del Santa Úrsula, ni con las
norteamericanas del Villa María, sino con las españolas de la
Reparación, pero eso nos tenía sin cuidado, así como que su padre
fuera un empleadito que iba a trabajar en ómnibus o que su casa
tuviera un solo piso y geranios en lugar de rosas. Lo que contaba
entonces era su tez capulí, sus ojos verdes, su melena castaña, su
manera de correr, de reír, de saltar y sus invencibles piernas, siempre
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descubiertas y doradas y que con el tiempo serían legendarias.
Roberto iba sólo a verla jugar, pues ni los mozos que venían de otros
barrios de Miraflores y más tarde de San Isidro y de Barranco
lograban atraer su atención. Peluca Rodríguez se lanzó una vez de la
rama más alta de un ficus, Lucas de Tramontana vino en una
reluciente moto que tenía ocho faros, el chancho Gómez le rompió la
nariz a un heladero que se atrevió a silbarnos, Armando Wolff
estrenó varios ternos de lanilla y hasta se puso corbata de mariposa.
Pero no obtuvieron el menor favor de Queca. Queca no le hacía caso
a nadie, le gustaba conversar con todos, correr, brincar, reír, jugar al
voleibol y dejar al anochecer a esa banda de adolescentes sumidos en
profundas tristezas sexuales que sólo la mano caritativa, entre las
sábanas blancas, consolaba.
Fue una fatídica bola la que alguien arrojó esa tarde y que Queca no
llegó a alcanzar y que rodó hacia la banca donde Roberto, solitario,
observaba. ¡Era la ocasión que esperaba desde hacía tanto tiempo! De
un salto aterrizó en el césped, gateó entre los macizos de flores, saltó
el seto de granadilla, metió los pies en una acequia y atrapó la pelota
que estaba a punto de terminar en las ruedas de un auto. Pero cuando
se la alcanzaba, Queca, que estiraba ya las manos, pareció cambiar de
lente, observar algo que nunca había mirado, un ser retaco, oscuro,
bembudo y de pelo ensortijado, algo que tampoco le era desconocido,
que había tal vez visto como veía todos los días las bancas o los
ficus, y entonces se apartó aterrorizada.
Roberto no olvidó nunca la frase que pronunció Queca al alejarse a la
carrera: «Yo no juego con zambos.» Estas cinco palabras decidieron
su vida.
Todo hombre que sufre se vuelve observador y Roberto siguió yendo
a la plaza en los años siguientes, pero su mirada había perdido toda
inocencia. Ya no era el reflejo del mundo sino el órgano vigilante que
cala, elige, califica.
Queca había ido creciendo, sus carreras se hicieron más moderadas,
sus faldas se alargaron, sus saltos perdieron en impudicia y su trato
con la pandilla se volvió más distante y selectivo. Todo eso lo
notamos nosotros, pero Roberto vio algo más: que Queca tendía a
descartar de su atención a los más trigueños, a través de sucesivas
comparaciones, hasta que no se fijó más que en Chalo Sander, el
chico de la banda que tenía el pelo más claro, el cutis sonrosado y
que estudiaba además en un colegio de curas norteamericanos.
Cuando sus piernas estuvieron más triunfales y torneadas que nunca
ya sólo hablaba con Chalo Sander y la primera vez que se fue con él
de la mano hasta el malecón comprendimos que nuestra deidad había
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dejado de pertenecernos y que ya no nos quedaba otro recurso que
ser como el coro de la tragedia griega, presente y visible, pero
alejado irremisiblemente de los dioses.
Desdeñados, despechados, nos reuníamos después de los juegos en
una esquina, donde fumábamos nuestros primeros cigarrillos, nos
acariciábamos con arrogancia el bozo incipiente y comentábamos lo
irremediable. A veces entrábamos a la pulpería del chino Manuel y
nos tomábamos una cerveza. Roberto nos seguía como una sombra,
desde el umbral nos escrutaba con su mirada, sin perder nada de
nuestro parloteo, le decíamos a veces hola zambo, tómate un trago y
él siempre no, gracias, será para otra ocasión, pero a pesar de estar
lejos y de sonreír sabíamos que compartía a su manera nuestro
abandono.
Y fue Chalo Sander, naturalmente, quien llevó a Queca a la fiesta de
promoción cuando terminó el colegio. Desde temprano nos dimos
cita en la pulpería, bebimos un poco más de la cuenta, urdimos
planes insensatos, se habló de un rapto, de un cargamontón. Pero
todo se fue en palabras. A las ocho de la noche estábamos frente al
ranchito de los geranios, resignados a ser testigos de nuestra
destitución. Chalo llegó en el carro de su papá, con un elegante
smoking blanco y salal poco rato acompañado de una Queca de
vestido largo y peinado alto, en la que apenas reconocimos a la
compañera de nuestros juegos. Queca ni nos miró, sonreía apretando
en sus manos una carterita de raso. Visión fugaz, la última, pues ya
nada sería como antes, moría en ese momento toda ilusión y, por ello
mismo, no olvidaríamos nunca esa imagen que clausuró para siempre
una etapa de nuestra juventud.
Casi todos desertaron la plaza, unos porque preparaban el ingreso a la
universidad, otros porque se fueron a otros barrios en busca de una
imposible réplica de Queca. Sólo Roberto, que ya trabajaba como
repartidor de una pastelería, recalaba al anochecer en la plaza, donde
otros niños y niñas cogían el relevo de la pandilla anterior y repetían
nuestros juegos con el candor de quien cree haberlos inventado. En
su banca solitaria registraba distraídamente el trajín, pero de reojo,
seguía mirando hacia la casa de Queca. Así pudo comprobar antes
que nadie que Chalo había sido sólo un episodio en la vida de Queca,
una especie de ensayo general que la preparó para la llegada del
original, del cual Chalo había sido la copia: Billy Mulligan, hijo de
un funcionario del consulado de Estados Unidos.
Billy era pecoso, pelirrojo, usaba camisas floreadas, tenía los pies
enormes, reía con estridencia, el sol en lugar de dorarlo lo
despellejaba, pero venía a ver a Queca en su carro y no en el de su
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FAQs

What are the main themes in Alienación?
Alienación delves into themes of classism, identity, and cultural assimilation. The story portrays how young Peruvians in the 1980s idealize American culture while grappling with their own Peruvian identity. This internal conflict reflects broader societal issues, making the narrative relevant for discussions on cultural identity and social class.
Who is the protagonist in Alienación and what is his struggle?
The protagonist of Alienación is a young man named Roberto, who strives to distance himself from his Peruvian roots in favor of an American identity. His journey highlights the pressures of societal expectations and the desire for acceptance, ultimately leading to a profound internal conflict. This struggle resonates with readers facing similar issues of identity and belonging.
How does Ribeyro portray Lima's society in Alienación?
Ribeyro paints a vivid picture of Lima's society, showcasing the class divisions and cultural aspirations of its inhabitants. Through Roberto's experiences, the narrative reveals the complexities of social status and the longing for a different identity. The story serves as a critique of societal norms and the impact they have on individual lives.
What literary techniques does Ribeyro use in Alienación?
Ribeyro employs rich imagery and symbolism to convey the protagonist's internal struggles. The use of dialogue and character interactions effectively illustrates the societal pressures faced by Roberto. Additionally, the narrative structure allows for a deep exploration of themes, making the story both engaging and thought-provoking.